Historias de Agua Yoga

by Claudio Daniel Rios
(Buenos Aires - Argentina)

Ana y el agua, un testimonio

Aquella mañana en la vida de Ana, algo sacudió su habitual rutina; quizás su propia agua había comenzado a derramarse al punto de afectar seriamente su salud y entorpecer incluso la relación con su familia y trabajo.

Ana es una mujer joven, delgada, entregada casi por completo a cuidar de los suyos y abocada a un trabajo que le place pero que le ocupa gran cantidad de horas semanales.

Una marcada suba en su presión arterial, contracturas y cansancio en sus piernas o espalda, fueron el detonante para que echara manos a su urgente y necesario cuidado personal.

Tras acomodar su casa y llevar a los chicos a la escuela, Ana tomó un bolso y se dirigió rumbo a lo que sería algo más que su primer día de salud.

La vi llegar como a toda persona temerosa de estar dentro de una piscina. Caminaba con una sostenida rigidez, ojos abiertos como buscando de dónde sujetarse, realizando movimientos tensos y cortados, similares a los de quien aprende algo por primera vez.

Y no era para menos. Ana había pasado, como muchas personas en su niñez, por una mala experiencia en pileta que la marcaría para siempre, o al menos hasta ese entonces. Razón demás para que aquel primer día como alumna de mi clase de Agua Yoga fuera todo un gran desafío, pues se exponía a lo que podía convertirse en debut y despedida o por el contrario, al primero de nuevos y gratificantes encuentros con el agua.

Y así sucedió, Ana lleva participando de mis clases en pileta climatizada, tanto haciendo ejercicios como recibiendo masajes, cerca de dos años. Y eso no es todo, pues no se trata tan sólo de establecer sus mejoras en términos de cantidad de tiempo, si no de calidad de trabajo, aprendizaje y maduración personal que ella se permitió elaborar pacientemente en todo ese período.

Su dificultad para moverse con soltura, dejarse llevar, permitir que su cuerpo se expresara libre y relajadamente, son elementos que se consiguieron con mucho esfuerzo y una dosis esencial de voluntad y optimismo, que fue evolucionando y acrecentándose con cada clase.

Como suelo decir, no todo está sujeto a la paciencia o confianza que deposito en ellos lo que da la contención necesaria para el camino que el alumno decide emprender, es la confianza y paciencia propia, la que facilita los logros y la concreción de las metas. Esto lo aclaro por que muchas veces la persona duda de su capacidad de hallar en sí misma estas virtudes, debido a que sus temores se encuentran revestidos de fantasmas que entorpecen la posibilidad de abrirse y descubrir que, después de todo, lo mejor de ellos esta en ellos.

Baso este comentario en una frase que el alumno bajo estas circunstancias suele subrayar “le tengo miedo al agua, pero vengo al agua a mejorar mi salud”. Es decir, una parte de sí lo está empujando para ir a su encuentro y quebrar así el pánico que le supone estar dentro del agua. Escucharse y comprender será todo lo que reste para acercarse al borde y animarse a dar el salto fundacional.

Durante este período Ana pudo afirmar: "descubrí que el agua me da placer, a pesar del miedo que le tenía cuando empecé; me fui soltando, disfrutando, entregándome". A lo que yo agregaría: Ana se fue encontrando con esa otra Ana, menos callada, más audaz, divertida, que poco tiempo atrás se encontraba expectante aguardando el momento de salir a escena; y tanto así sucedió que hasta sus hijos, marido o compañeros de trabajo percibieron sus cambios.

Como diría un buen amigo, donde pongamos nuestro interés, allí estará puesta nuestra energía. Ana, aunque probablemente desconociera estas palabras, bien supo escucharlas haciendo lo que su cuerpo tan angustiosamente le reclamaba, y quizás hoy podrá de seguro decir: si queres saber como son las cosas, tendrás que sumergirte en ellas.

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